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El escritor que no quería leer

Que Juan Manuel de Prada no es el más profundo de los filósofos o el más sabio de los escritores ya lo sabíamos. Que el tío se las da de escritor y ni siquiera le gusta leer me ha llegado como una (muy ligera) sorpresa. Porque vamos a ver, de su columna del 4 de agosto sobre Juego de Tronos, sólo puede deducirse eso.

Este aventajado clon de Francisco Marhuenda, tanto en fisonomía como en sesgo ideológico y pobreza de argumentario, arremete contra la obra Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin (y de paso sus fans) con bastante contundencia en su mencionada columna de XLSemanal. Y lo hace sin conocerla, porque en todo momento menciona “Juego de Tronos”, que es el título de adaptación televisiva de la cadena HBO, pero no el título de la saga literaria original (Juego de Tronos es meramente el título del primer libro de la saga), y sólo habla de la serie.

Su crítica sería más digna de tener en cuenta si mencionase que lo que critica es la adaptación televisiva. Podría decir “desconozco los libros originales, pero la serie de TV, que es lo que he visto, no me ha gustado”. Pero no. Despotrica contra la serie identificándola con la obra, sin mencionar siquiera en ningún momento que sea una adaptación de una saga literaria, y sin por supuesto comentar si la ha leído y qué le ha parecido si lo ha hecho. Porque obviamente, no lo ha hecho. Resulta irónico, por no decir chusco, que mencione obras literarias como La colmena o Manhattan Transfer, y las compare, no con la obra literaria Canción de Hielo y Fuego, sino con la serie de TV Juego de Tronos. Y no menos ridículo queda que suelte las siguientes perlas (negrita mía):

[…] no hace falta sino visitar alguno de los tropecientos foros de seguidores[…]. En todos hallamos enseguida ese clima de confusionismo espeso, desorientación o aturdimiento propio de las resacas etílicas; clima que siempre trata de disipar el más listo del foro, al que se le nota que para llegar a orientarse en medio del embrollo ha tenido que hacer horas extras. […] tratan de disimular su aturullamiento alegando que se les escapó tal o cual detallito, tal o cual episodio afluente, tal o cual conversación tangencial, con la esperanza de que la respuesta que les brinde el listo del foro ponga un poco de luz en las enmadejadas tinieblas de la serie.

¡Alucinante lo atrevida que es la ignorancia! Ya lo decía el refrán, pero hasta que de Prada lo ha demostrado tan palmariamente, uno podría haber tenido dudas. Un “seguidor” de los de los foros, si no entiende algo (como le pasa a de Prada), no “mete horas extras” para repasar episodios. Lo que hace es leerse los libros (a diferencia de de Prada), donde tradicionalmente (en todo tipo de obras literarias adaptadas al celuloide) se sabe que “todo está mejor explicado”. Es más, cualquier duda o disputa sobre un punto cualquiera se dirime, tradicionalmente, por citas al libro, que se considera la autoridad final (en buena lógica, siendo la obra original). Eso si el fan no había leído ya antes la obra, simplemente por placer (quizá de Prada, escribiendo los libros que escribe y por conocerlo de primera mano, no asocia leer libros con el placer).

La verdad, una persona que cree ser culta y que (¡por el amor del FSM!) se dedica a ESCRIBIR LIBROS, no puede criticar una obra literaria adaptada a la TV o cine viéndo únicamente dicha adaptación. Sería como hacer una crítica de Romeo y Julieta habiendo visto sólo la película de 1996 con Leonardo DiCaprio y Claire Danes. Suena ridículo… ¡porque lo es! Aunque la adaptación a TV de Canción de Hielo y Fuego fuese una castaña (lo cual está lejos de ser cierto), o quizá con más razón en ese caso, criticar “la obra” (como opuesto a “la adaptación”) viendo solamente la serie es pueril e ignorante. Es más, si se quisiese criticar sólo la adaptación en sí, habría casi más razón para leerse los libros, puesto que sería necesario para hablar con propiedad sobre un defecto percibido, y no asignarlo a una mala adaptación, cuando quizá la obra original ya contenía dicho defecto y la adaptación es fiel.

También resulta ridícula (y esclarecedora), la comparación con Tolkien. Es obvio que nuestro amigo de Prada de Tolkien sólo conoce las películas de Peter Jackson, que al ser más infantiles que la serie de HBO le han debido de gustar más. Si de Prada hubiese leído la trilogía de El Señor de los Anillos, o (FSM no lo quiera), El Silmarillion, su cerebro habría implosionado, visto como parece que la variedad de personajes y la complejidad de sus relaciones y filiación lo confunden.

Quizá lo que realmente hace que de Prada aprecie a Tolkien y vilipendie a Martin es más moral que técnico. A de Prada le debe de hacer ilusión que el “legítimo rey” de Tolkien sea un machote ideal (Aragorn), mientras en Martin se pinta a los reyes como gordos borrachos y puteros (Robert) o niños malcriados y psicópatas (Joffrey). En Tolkien los malos son los negratas… perdón, los orcos, y los árabes… perdón, los hombres del Este. Gente sucia. En Martin los malos son los guapos y ricos Lannister. En Tolkien los guapos y ricos son los elfos, esos seres arios que están por encima de los humanos, y que todos deben reverenciar.

Lo que de Prada echa de menos, pues, parece ser la “claridad” de que podamos identificar al malo como el más feo (y moreno) de los personajes, y al héroe como al más alto, guapo y rubio (y rico). Quizá ahí radica su protesta de que “no se entiende”. De Prada se siente desarmado ante una narración en la que no vemos claramente quienes son “los buenos”, donde hasta los supuestos héroes cometen atrocidades y los villanos tienen una profundidad de carácter que a veces nos hace dejar de sentir odio por ellos durante un minuto (por ejemplo Cersei llega a llorar de desesperación porque el hijo a quien tanto ama es tan cruel y estúpido, y Jaimie se replantea sus atropellos y su actitud ante la vida mediante su relación con Brienne de Tarth). La obra no solo no diferencia tanto como de Prada desearía a “buenos” y “malos”, sino que ni siquiera deja claro quienes son los “protas”, puesto que personajes que parecen importantes son asesinados sin piedad por el autor, dejando al lector/televidente “huérfano” de personaje con el que identificarse y considerar el héroe. Eso en Disney no pasa, ¿verdad, Juan Manuel? En Disney el malo es el malo, y el bueno el bueno. Y el protagonista bueno gana, y de los buenos como mucho muere el amigo negro del prota.

Señor de Prada, por favor léase la obra si quiere criticar la obra, o si leer le exige demasiado esfuerzo, al menos deje claro que critica sólo la adaptación televisiva, y no la obra en sí, que desconoce.

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